Las guerras de Boyacá

ierra de paz y de libertad. Así es como hoy se le conoce a Boyacá, justamente por ser el territorio donde se gestó la independencia de Colombia y por ser una de las regiones más tranquilas, quizás de las más alejadas de la violencia, y con una, sino la menor, tasa de homicidios en el país. Pero no siempre fue así, de hecho Boyacá es uno de los territorios que más enfrentamientos, luchas y batallas ha presenciado durante su existencia, por lo menos en su historia republicana.

Batalla de Boyacá

La más popular es la Batalla de Boyacá, pero esta es el desenlace de lo que fue una serie de luchas del ejército que tuvo a la cabeza a Simón Bolívar. La primera batalla y victoria del ejército libertador fue el conocido Combate de las Termópilas de Paya, que permitiría la toma del pueblo de Paya para posteriormente abrir camino hacia el Páramo de Pisba. En esta misma campaña libertadora se dio la Batalla de Gámeza en la cual tropas libertadoras y realistas se enfrentaron por segunda vez, ambas se adjudicaron el triunfo pero la posterior invasión de Tunja confirmaría el poderío y tenacidad del ejército libertador.

Monumento a los lanceros, Pantano de Vargas. Foto | Hisrael Garzonroa – EL DIARIO

Luego vendría la Batalla del Pantano de Vargas, que probablemente haya sido la más sangrienta durante toda la gesta libertadora. Los hombres de Bolívar fueron emboscados y por poco pierden la batalla, pero fue allí cuando apareció el Coronel Juan José Rendón, que comandó al ejército libertador para atestar una de las derrotas más dolorosas para el teniente José María Barreiro y sus tropas realistas. Bolívar y sus hombres sabían de las intenciones de Barreiro de replegarse hasta Santafé para unir fuerzas con el virrey Juan de Sámano, por eso lo esperó astutamente desde el Alto de San Lázaro en Tunja. Desde allí monitoreó los movimientos del ejército realista en su llegada a Tunja. Luego se trasladó al Puente de Boyacá, donde dispuso a sus hombres para tender una emboscada a Barreiro y sus hombres. La batalla, al igual que la del Pantano de Vargas fue sangrienta, pero esta vez fueron las tropas realistas las que vieron mermadas sus fuerzas. Barreiro fue encarcelado y posteriormente ejecutado.

La guerra imaginaria

Pasaron 48 años de calma, desde la Batalla del Puente de Boyacá, empañados por la participación de la población boyacense en revueltas en Sogamoso y Tunja en el marco de las guerras civiles de 1851 y 1854. Sin embargo, visto como participación de Boyacá en una guerra, se necesitó esperar hasta 1867, época en la que José Santos Gutiérrez era el presidente del Estado de Boyacá en lo que entonces era conocido como los Estados Unidos de Colombia. Para ese entonces el Estado de Boyacá declaró la guerra a Bélgica por un fallido amorío de Santos Gutiérrez.

José Santos Gutiérrez Prieto

Años atrás, Santos Gutiérrez había viajado a territorio belga para realizar sus estudios en jurisprudencia en la Universidad de Lovaina. Allí Santos Gutiérrez conoció a Josefino, una belga esbelta, rubia y de ojos claros, de la cual quedaría perdidamente enamorado.

Josefina iba a corresponder dicho amor, así que terminaría planeando lo que sería su futura vida en los Estados Unidos de Colombia junto a Santos Gutiérrez. Pero su familia no vio con buenos ojos la idea de que ella se fuera a vivir a un terruño tropical y con tanta inestabilidad gubernamental.

Cuando el año 1863 llegaba a su fin, Santos Gutiérrez era electo como presidente del Estado de Boyacá. Ocupando dicho cargo decidió enviar una misiva al Reino de Bélgica, al cual declaraba la guerra por tan gravísima ofensa.

Decidió enviar una misiva al Reino de Bélgica, al cual declaraba la guerra por tan gravísima ofensa.

Pero la carta se extravió en el camino o quizás nunca llegó a su destino. El gobierno belga no se enteró, por lo menos durante los cien primeros años, que sostenía una guerra con alguien al otro lado del Océano Atlántico.

De hecho, los historiadores boyacenses no dan crédito a dicha historia, pues hoy no existe documento o prueba alguna de que dicha carta haya existido y haya sido enviada a por entonces gobierno de Bélgica.

Lo cierto es que el 29 de mayo de 1988 el por entonces embajador de Bélgica en Colombia, Willy Stevens, visitó Boyacá. Antes de su visita Stevens hizo un trabajo juicioso por conocer el territorio en el que iba a hacer presencia, encontrándose dicha historia, razón que lo llevó a firmar dicho día un armisticio con el entonces gobernador del departamento, Carlos Eduardo Vargas Rubiano.

Del agravio sufrido por Santos Gutiérrez no hay documentación alguna, pero del gesto noble y magnánimo de Stevens pueden dar fe los por entonces embajadores de Bolivia, Uruguay, Holanda, Marruecos, Líbano y China, que presenciaron la firma de esta acta que ponía fin a una guerra de la que pocos se enteraron.

El bandolerismo político

La década de los 30 en el siglo XXI marcó el inicio de la violencia interpartidista. Fueron 16 años de lo que se conoció como “República Liberal”, periodo de mando del Partido Liberal, lo que llevó a que la maquinaria política conservadora mutara en liberal, fenómeno que desató una fuerte oleada de violencia, conocida posteriormente como “primera violencia”, la cual tuvo una fuerte repercusión en Boyacá, que para dicha época tenía grandes mayorías conservadoras para nada dispuestas a dar su brazo en la hegemonía liberal.

Municipios de filiación conservadora como Soatá, Güicán, El Espino, Briceño, Saboyá y Chiquinquirá organizaron grupos de resistencia conservadora, que fueron conocidos en las regiones como “bandas armadas”, “fuerzas de choque” o “bandoleros conservadores”.

Un fenómeno como la “policía liberal” proliferó en municipios donde se registraba un mayor número de electores conservadores, lo que desató una gran oleada de violencia, destierro y terror en el departamento que hoy se precia de ser cuna de paz.

En el departamento se denunciaban persecuciones, atentados, saqueos, incendios, robos y demás conductas de alteración del orden público a las que nadie podía poner fin. Poco a poco las manifestaciones políticas fueron mutando a pequeñas batallas en las que militantes de los dos partidos pasaban la barrera del insulto y emprendían agresiones. Las zonas del departamento con mayor ausencia de Estado eran las que vivían con mayor severidad a oleada de violencia. Los habitantes de las Provincias de Occidente y Norte se acostumbraron a ver correr ríos de sangre, que vieron el surgir de diversas bandas al margen de la ley, a las que incluso recurrían cuando se encontraban bajo la amenaza de su opositor político.

Fotografía tomada en una vereda de
Boyacá en 1946. Vía | 
hem.bredband.net

Y si bien el Estado trató de poner fin a esta caótica situación de violencia que afectó a Boyacá y en general a todo el territorio nacional, los bandoleros de filiación conservadora percibieron dichas acciones como represión del liberalismo para adueñarse de las regiones, lo que aumentaría el número de bandoleros de dicho partido y sus acciones criminales. Posteriormente en la hegemonía conservadora, que se extendió hasta 1953, llegaría el momento de la venganza de los militantes del conservatismo, que iban a promover una oleada de violencia de mayores proporciones en contra de la población de filiación liberal. El grado de violencia fue tal que el gobernador José María Villareal estableció la política de eliminación a todos los liberales del departamento y homogenización política y electoral de Boyacá, lo que llevó a que la denominada “policía chulavita” fuera conformada por el personal más conservador, provniente en su mayoría de municipios como Chiquinquirá, Boavita y García Rovira en Santander. Fue una época de violencia y de terror que llevó a muchos campesinos de filiación liberal a huir a los llanos para luego unirse a la resistencia guerrillera liberal.  

Coscuez: La mina de la discordia en el occidente

Situada en San Pablo de Borbur, la mina de Coscuez es considerada la más importante en el mundo para la explotación de esmeraldas. Es una de las principales fuentes de empleo en la región y el motivo por el cual miles de habitantes de la región han perdido la vida en una de las guerras más sangrientas que se ha visto en territorio boyacense.

Esmeraldas. Foto | Hisrael Garzonroa – EL DIARIO

A mediados de los años sesenta comenzó la disputa por el control del millonario negocio de la explotación de las minas de esmeraldas. La familia de Efraín González Téllez en asocio con la familia de Humberto Ariza Ariza tomaron el control de la explotación esmeraldífera. Una vez que González Téllez murió, el control absoluto lo tuvo Humberto Ariza Ariza, un asesino consagrado.

Muzo, Boyacá. Foto | Hisrael Garzonroa – EL DIARIO

Poco a poco Gilberto Molina, en compañía de un joven Víctor Carranza, se fue haciendo espacio en el negocio. También les acompañó Gonzalo Rodríguez Gacha, que luego, apoyado en su negocio del narcotráfico se convertiría en su principal enemigo.

La disputa por el control de las minas alcanzó su punto más álgido durante la década de 1980. Rodríguez Gacha no tenía contemplación alguna al momento de atentar contra sus rivales en la disputa por el control de tan fructífero negocio, y la respuesta no tardaba horas en aparecer. Era común por ese entonces ver como aparecían muertos  cadáveres en municipios como Muzo, Chiquinquirá, Borbur e incluso Somondoco, al otro lado del departamento. 

No se trataba exclusivamente de muertos, pues como consecuencia de la guerra verde proliferaron los huérfanos, las viudas y se acrecentó el fenómeno del desplazamiento forzado. Era común ver pequeños niños trabajando en las minas y a la vez actuando como los matones de bolsillo de los patrones de una u otra mina.

A mediados de la década de los noventa fue normal ver divida a la Provincia de Occidente en dos bandos. El primero conformado por los municipios de Otanche, San Pablo de Borbur, Pauna, Tununguá y Brieceno; contra Quípama, Muzo, Maripí, Buenavista y Coper.      

El 4 de julio del 2009 atentaron contra Carranza en Villavicencio, en la vía Puerto López. Foto | SEMANA
El 3 de julio de 2010 con motivo de la celebración de 
los veinte años de la firma de los Acuerdos de Paz del Occidente de Boyacá Foto | 
El Espectador

La muerte de Rodríguez Gacha trajo algo de tranquilidad a la región. La iglesia católica  intervino y por fin Víctor Carranza y Luis Murcia iniciaron diálogos para poner fin a una guerra que había dejado más de mil muertos para ese entonces, de un lado y del otro. Dicha paz terminó firmándose el 12 de julio de 1990, pero esta no garantizó el fin de la violencia en occidente.

Para el año 2005 iba a aparecer en la región un tal Yesid Nieto, que amparado en su fortuna producto del narcotráfico, trató de hacer realidad el sueño que alguna vez tuvo Rodríguez Gacha: Hacerse con el poder de la totalidad de las minas. Nieto contó de su lado con el paramilitarismo, sembrando una vez más el terror en la región y ocasionando de nuevo la muerte de los habitantes de la zona. Nieto fue asesinado en Guatemala en 2007, pero esto no significó el fin de la guerra verde, que si bien hoy no implica los miles de muertes que generó en un pasado, sigue siendo el detonante de atentados y asesinatos de gente de la región que sigue luchando por apoderarse del control de la minas.

La capital antisubversiva de Colombia

Boyacá cuenta con el deshonor de tener a la ‘capital antisubversiva de Colombia’, denominación que se le dio a Puerto Boyacá por ser un territorio estratégico del paramilitarismo.

«Si a la vera del camino, hallaren mi cadáver, no lo recojan, dejen para que los buitres de las Farc lo devoren, recojan mis ideas, mis banderas y sigan adelante. Pablo E. Guarín V». Foto | Hisrael Garzonroa – EL DIARIO

1994 fue el año clave para el surgimiento de este fenómeno pues fue en ese año que Arnubio Triana Mahecha alias ‘Botalón’ llegó al municipio para convertirse en el jefe paramilitar de la zona.

Puerto Boyacá por su ubicación estratégica era un territorio codiciado por el paramilitarismo ya que servía como ruta del narcotráfico. Era el punto de escape para jefes paramilitares o para capos de la droga que trabajaban en asocio con las autodefensas, que en algún momento se veían arrinconados por las autoridades, e ingresaban a Puerto Boyacá a sabiendas de que todo el municipio estaba bajo su control.

Foto | Hisrael Garzonroa – EL DIARIO

A esto contribuyó la llegada de Freddy Rendón Herrera, alias ‘El Alemán’, que llegó al occidente de Boyacá por pedido de los empresarios de las esmeraldas que pedían de su presencia y la de sus hombres para mantener a las guerrillas lejanas a su territorio.

‘Botalón’ dejó la zona en 2006 cuando participó de la desmovilización promovida por el gobierno para poner fin el paramilitarismo. A su paso se cuentan más de cinco mil muertes en la zona, incluyendo mujeres, niños, docentes, campesinos y cualquier otro al que pudiera relacionarse con la subversión.

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