Estimado miedo: – Mónica Perea Esparragoza #DomingosDeCuentoYPoesía

Sí, no es broma, te estimé durante mucho tiempo, incluso podría decirte que estuve enamorada de ti. Te pensaba en muchos momentos del día, en varios períodos de mi vida. Era una relación tóxica, lo sé, pero no sabía cómo más tratarte. Ocupaste lugares importantes dentro de mí. Te llevé, entre otros, a mi propio corazón. Te veía tan grande y todopoderoso que guardé mi amor por ti como un tesoro que había que cuidar. Fui tan celosa en nuestra relación, que casi no le decía a nadie que estábamos saliendo, no fuera que al hacerlo te perdiera. Te creí benigno, porque tú llegabas a mi vida para alertarme de peligros, para avisarme cuándo no iba a ser capaz de hacer algo nuevo, para dejarme claro si yo no había nacido para esto o para aquello. Asimismo, me acompañaste en varias ocasiones y te sentía como un latido acelerado; llegué a pensar era visible nuestra relación para los demás, porque te me salías del pecho. En otras ocasiones ten sentía dentro de mi estómago y eras capaz de descomponerlo. Te hacías tan poderoso que tu presencia licuaba mis entrañas y, cual volcán, arrasaba todo a su paso. Estuviste tatuado en mi piel. Tu presencia generaba erupciones resequedad, alergias. En fin, te dejé tomar demasiada presencia, porque tenía claro: me cuidabas. Tu labor era encender alarmas dentro de mí, para protegerme de los muchos “ataques” externos. Sin embargo, estimado Miedo, hoy hago esta carta abierta, a diferencia de las varias que te he escrito a lo largo de los años, porque he conocido otra emoción que en otros tiempos ha venido a acompañarme y llegó para quedarse. Esta sí nace de mí, se trata de Amor. Y él me ha comentado que ya no es necesario que tú nos acompañes. Te dejamos en libertad. Sabemos que tu trabajo es denodado y demandante y que, también, debes estar muy cansado de realizarlo. Tenemos claro, además, que te gusta hacer presencia no sólo en mí, sino que has sido promiscuo y te has metido con, prácticamente, casi toda la humanidad. Eso, mi viejo amigo, creo que no es tan gracioso, por cierto. Pero quién soy yo para decirte con quién y dónde enredarte.

Disculpa mi digresión, pudo haber sido fruto de algún rastro de celo; puesto que mientras estabas conmigo me identificaba contigo y, de seguro, acariciarte me traía recompensas, porque me hacías sentir tan yo, que llegué a creer que no había nada más que conocer. Retomo de nuevo. Te decía que ya eres libre. Te agradezco por tu cuidado. Te agradezco por tu tarea permanente y por tus servicios de tantos años. Ya fue suficiente. Ya no te necesito. Ya me enseñaste lo que venías a decirme y tenía que saber, para poder comprender la importancia capital del Amir. ¿Él? Amor – claro que lo sentía; sabía de su presencia, pero no lo dejaba actuar como corresponde. No nos digamos mentiras, tú fuiste muy insistente y él, en cambio, muy reservado. Creí por años que a él tenía que tomarlo desde afuera, ¡imagina! Tal y como tú me habías enseñado. Creía que, si lo externo me puede “dañar”, también lo externo me vendría a “salvar”. Debía llegarme en forma de Esposo, Familia, Hija, Amistades, Pasatiempos, Profesión, en fin. Pero no había visto con claridad que él estaba dentro de mí, aguardaba con paciencia a que yo lo despertara. Y lo tomara por entero y dejara, con gratitud, que él sanara cada una de esas partes que entre tú y yo habíamos dejado a la suerte, en caos.

Hoy, es allí donde vive, entre mis células. Las cuida, pero sin intervenir, para que hagan algo a “su” manera. Lo hace de tal forma, que se convierte en un apoyo. Las deja ser. Me ha dicho que “Yo Soy” o hay veces que lo dice en otro idioma: So Hum. Me cuenta cómo la potencia de todo lo creado habita en mí, me dice que también soy yo. Así que puedo hacer, ser y tener en la vida material todo lo que sienta desde el corazón.

Me ha aconsejado que compartamos públicamente esta carta, porque, como tú, él también está sembrado en cada ser sobre la Tierra. Pero no coloniza, como sí lo hacías tú – lo siento, tenía que decirlo, porque en ocasiones tú no fuiste muy considerado, Miedo. Él, Amor, por el contrario, sólo despierta si Consciencia lo acompaña. Y a Consciencia hay que invitarla, entrenarla, regarla, rezarla, repetirla, acercarla, para que la vieja costumbre, esa abuela, Creencia Limitante de Programación Vetusta, no le selle la boca.

Como ves, Miedo, ya no hay espacio para ti en mí. Algunas de tus destilaciones tienen permiso para emanar, pero si y sólo si mi vida corriera peligro inminente. Aunque, en ese momento, sé que Ahora se levantaría trayendo consigo aún más consciencia para que supiera actuar. Adrenalina sabría qué hacer y luego, otro bacán, el Sistema Parasimpático me ayudará a regular todo ese desorden que crearon tus antepasados; ahí sí, para cuidarme. En síntesis, por este lado ya todo está muy claro y prescindimos de tus servicios. Oficialmente estás despedido con justa causa, como te súper expliqué.

No siendo más, me despido de ti, sin haberte siquiera saludado en esta carta. Por supuesto, es una despedida con gratitud, porque sé que estabas dando lo mejor de ti y, déjame decirlo, lo hacías muy bien. Por cierto, te perdono los excesos, porque ya me perdoné a mí misma. Al final de cuentas, todos actuamos de la mejor forma que conocemos.

PDT: Procura no buscar trabajo en tantas personas, porque hago pública esta carta, justamente, para avisarles que Amor está disponible también y produce más utilidades que tú. Eso sí, él no es tan popular, no vende bien, no ocupa tantos titulares como tú. Hasta pasa por aburrido, porque no sabe de escándalos. Tampoco creo que se haga viral, porque él es un tipo muy tranquilo, de perfil bajo. Hay que saberlo ver para dimensionar su grandeza.

Es más, Miedo, te aconsejo andarte con cuidado, no vaya a ser que más personas sobre la tierra les dé por hacer públicas sus denuncias hacia ti y terminemos creado Edictos en tu contra, compartidos en estos muros del cambio. Casi veo tu sonrisa de burla, indicándome lo mal que estoy; pero, reitero, lo nuestro se acabó. Ya no tienes injerencia sobre mí.

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